EL CÓDICE DE LA PRECORDILLERA: PORFIRIA RÍOS Y ANTOLÍN PEREA, ARQUITECTOS DE UN OASIS ETERNO

Por: Aland Álvarez

En la geografía implacable del desierto de Tarapacá, a dos mil metros de altitud, la vida no es una concesión de la naturaleza, sino una conquista de la voluntad. San Andrés de Huasquiña, un enclave de verdor suspendido en el basamento andino, no se explica a través de las instituciones modernas ni del éxito contemporáneo de sus descendientes. Su existencia actual es, en rigor, la consecuencia inercial de una saga de esfuerzo y conocimiento depositada en dos figuras troncales: Porfiria Ríos Loaiza y Antolín Perea Castro.

Esta crónica documenta el legado técnico y espiritual de quienes no solo habitaron el territorio, sino que lo diseñaron para que sobreviviera a su propio tiempo.


I. EL ARCHIVO BIOLÓGICO Y LA CIENCIA DE PORFIRIA RÍOS

Para la antropología del desierto, la figura de Porfiria Ríos (1889-1998) constituye un archivo vivo de la resistencia bioclimática. Su fisonomía —la espalda corva por el transporte sistemático de forraje y las manos marcadas por el surco— fue el resultado de una negociación física con la gravedad y la escasez. Pero detrás de su fragilidad aparente, residía una de las mentes más brillantes de la etnobotánica aplicada de la precordillera.

Porfiria dominó la técnica de «envasar el sol». En un entorno donde la fruta es un recurso estacional y crítico, ella perfeccionó el deshidratado de peras y membrillos, transformando la cosecha en «orejones». Esta no era una labor doméstica menor; era tecnología de preservación de nutrientes que permitía la soberanía alimentaria de un clan de doce hijos durante los ciclos de sequía o invierno altiplánico.

Su conocimiento se extendía a la química del agua y el suelo. Bajo su custodia, la casa de adobe de treinta metros de largo no era solo un refugio, sino un laboratorio de semillas. Porfiria entendía que la supervivencia dependía de la pureza: el agua de la vertiente «La Pila» para el consumo humano, y la gestión del abono orgánico para mantener la fertilidad de las parcelas en sectores históricos como Yararana y Llauquiña. Su andar lento y su hablar pausado eran la expresión de una economía de energía vital diseñada para durar más de un siglo.


II. ANTOLÍN PEREA: LA LOGÍSTICA DE LA SOBERANÍA

Si Porfiria era la guardiana del conocimiento interno, Antolín Perea fue el estratega de la expansión y la conexión. En el apogeo de la era del salitre, Antolín posicionó a Huasquiña como el pulmón biológico de los cantones mineros. No era un campesino aislado; era un gestor de recursos que entendía la interdependencia entre el oasis y la industria global.

  • La Mita y la Tabla: Antolín rigió el sistema de riego con la precisión de un ingeniero hidráulico. La Mita (el turno) y la Tabla (el registro) eran los pilares de una gobernanza hídrica que evitaba el conflicto y maximizaba la producción. Bajo su supervisión, el agua se utilizaba para acelerar la maduración de los frutales, una técnica de forzado metabólico natural que otorgaba ventaja competitiva a los productos de la familia en mercados como Huara y Negreiros.

  • La Logística del Arriero: Su dominio de la arriería permitió que la familia Perea Ríos se convirtiera en el vector de suministro de alfalfa —el combustible de las mulas calicheras— hacia las oficinas salitreras. Antolín diseñó rutas nocturnas de hasta cien kilómetros, desafiando la desorientación del desierto para asegurar que el oasis alimentara a la máquina del progreso.


III. LA FORTALEZA DE ADOBE Y EL TESTAMENTO EDUCATIVO

La casa familiar de los Perea Ríos es el testimonio material de esta saga. Sus treinta metros de adobe lineal representaban la solidez de una estirpe que se negaba a ser transitoria. En su interior, la mesa de comedor con compartimentos secretos para semillas simbolizaba la previsión de quienes saben que el futuro se construye hoy.

Sin embargo, el mayor acto de visión de Antolín y Porfiria fue el sacrificio educativo. Habitando viviendas mínimas de calamina en las pampas de Humberstone, la pareja implementó una rotación táctica: sus hijos eran enviados a la escuela para dominar las «cuatro operaciones» y la lectoescritura. No buscaban el abandono del valle, sino la adquisición de herramientas para protegerlo. El hijo que aprendía regresaba a la chacra para ser relevado por el hermano menor. Esta cadena de conocimiento transformó a una familia de la pampa en una estirpe de profesionales que, décadas después, regresaría al valle para validar legal y técnicamente la posesión ancestral de sus tierras.


IV. EL SINCRETISMO DE LA FE: EL BARATILLO

La dimensión espiritual de los abuelos se manifestaba en el ritual del «Baratillo» durante la fiesta de la Santa Cruz de Aroma. Al construir pequeñas chacras de piedra y barro, Porfiria y Antolín no estaban realizando un simulacro lúdico. Estaban ejecutando un rito de manifestación de propiedad. En su cosmovisión, lo que se construye con fe en el cerro, se materializa con trabajo en el valle. Este sistema de creencias es lo que ha mantenido la cohesión de la familia Perea Ríos frente a los terremotos, la migración y el olvido estatal.


V. SENTENCIA ANCESTRAL

La historia de Huasquiña no pertenece a quienes la promocionan hoy, sino a quienes la sostuvieron cuando el desierto amenazaba con borrarla. La relevancia de este linaje reside en su capacidad para entender el tiempo no como una línea, sino como un ciclo de siembra y cosecha perpetuo.

Para cerrar este relato con la autoridad de una sentencia ancestral, los documentos nos regalan una frase que resume la filosofía de vida de los antiguos habitantes de Huasquiña, perfectamente atribuible al espíritu de los abuelos Perea Ríos:

«El presentismo huasquiñano es eso, trabajar y trabajar, trabajar para un mañana que sus descendientes sí verán».

Y como imagen final de la resiliencia de este territorio y sus guardianes:

«Huasquiña, Blanca Flor, eres realmente el más hermoso adorno engastado en los sólidos cortinajes del basamento andino… un pueblo antiguo que empieza a descubrirse».