La Memoria Escrita en el Barro: Identidad, Cuna y Sepulcro en la Fiesta de la Cruz de Aroma de Huasquiña

En los repliegues profundos de la precordillera de Tarapacá, donde el silencio es modelado por los vientos que barren el desierto, el tiempo parece detenerse en una quietud atemporal. El pueblo de Huasquiña, suspendido entre los 1.800 y los 2.170 metros de altitud, sobrevive al rigor de la geografía como un vergel aprisionado entre enormes montañas. Aunque el transcurrir de las décadas ha transformado la localidad en un asentamiento habitado de forma permanente por apenas un puñado de ancianos, dos veces al año el valle se estremece con un retorno masivo. Son los hijos migrantes que regresan desde las selvas de cemento costeras, cruzando el colosal espejo de arena de la Pampa del Tamarugal para habitar nuevamente las casas de piedra y adobe de sus antepasados. Es el reencuentro con una raíz milenaria que concibe la existencia no como un hecho lineal, sino como un diálogo perpetuo con la Madre Tierra, la Pacha Mama.

El Éxodo de Aroma y el Vuelo de las Hojas de Coca

La celebración de la Fiesta de la Santa Cruz de Aroma, recreada con devoción en este año 2026, hunde sus raíces en un relato de resistencia frente al rigor de la naturaleza. Antaño, las familias originarias daban vida a las fértiles chacras de la profunda quebrada de Aroma, situada a unos 15 kilómetros al norte del asentamiento actual. Sin embargo, la llegada de devastadores aluviones estivales y ciclos implacables de sequía sepultaron los campos de cultivo, obligando a los antiguos pobladores a abandonar el territorio y buscar refugio en la cuenca de Huasquiña, un espacio más generoso en aguas termales y vertientes que destilan de forma natural desde peñascos sagrados.

La tradición oral, transmitida celosamente de generación en generación, relata que al abandonar sus hogares los antiguos campesinos no estuvieron dispuestos a dejar atrás a su entidad protectora. Trajeron consigo el madero de la Cruz de Aroma en una dura jornada de oraciones. El mito se entrelaza con la crónica humana cuando se recuerda que, al intentar asentar la Cruz a media falda del cerro o en la cima de la colina inmediata al nuevo pueblo, los lugareños la encontraron repetidas veces caída en el suelo. El símbolo sagrado manifestaba su rechazo a aquellos lugares.

Fue en ese momento de incertidumbre cuando se congregaron tres yatiris, hombres sabios poseedores del conocimiento para dialogar con las fuerzas de la naturaleza. Los yatiris interrogaron el destino leyendo los mensajes ocultos en las hojas de coca. Iniciaron un ascenso ritual por los faldeos escarpados, arrojando las hojas sagradas al viento a cada tramo de la cuesta, hasta que la coca pregonó la voluntad divina sobre la cumbre más alta frente al poblado. Desde aquel observatorio místico, rodeado por las luces de la Cruz del Sur y los rastros de fuego de los aerolitos nocturnos, la Santa Cruz custodia las ruinas abandonadas de su antiguo pueblo en Aroma y, al mismo tiempo, protege el presente de los huasquiñanos.

Secretos de Linaje: Las Manos que Visten al Madero

La mayordomía de la fiesta en 2026 recae de forma directa sobre los alféreces de la familia Guarache, herederos de un tronco parental cuya presencia y autoridad se halla documentada sólidamente en el valle desde los padrones coloniales de 1774 y los registros de arriería del siglo XIX. Este linaje conserva la responsabilidad eclesiástica y comunitaria que en antaño lideraron figuras señeras como Serafín Guarache y sus antecesores.

El preludio de la festividad exige un repliegue hacia lo sagrado a través del rito de la renovación de las vestiduras de la Cruz. En la intimidad de la cumbre, el madero deja de ser un objeto inerte para encarnar un cuerpo místico al que se debe saludar y pedir permiso antes de tocarlo. Quemando incienso y copal en brasas encendidas, se cubre la base de la Cruz —que representa los pies— en una cobertura ceremonial conocida como rupá, para luego confeccionar los brazos y la cabeza con cintas de colores y flores frescas de azucena, una especie que brota con abundancia en el fondo del valle.

Los testimonios etnográficos de los propios pobladores iluminan el carácter restrictivo y celoso de este protocolo. Alejandro Choque, en sus memorias de campo, recuerda con nitidez el pudor ceremonial que envuelve el acto: su familia ha estado históricamente a cargo de la indumentaria de la Cruz de Aroma, una posta de sucesión hereditaria que pasó de la abuela María Guarache Gómez a la tía Inés Roldán Guarache, y que hoy custodian sus descendientes, viajando fielmente cada mayo para resguardar los secretos de la Cruz antes de que el alférez reciba el madero para iniciar la procesión hacia el pueblo. Es una intimidad donde las visitas tienen prohibido el acceso. Solo cuando el madero luce sus galas más esplendorosas, las comparsas de lacas y lichiguayos se aproximan para escoltarla, y es ahí donde el jefe de los músicos entona un conmovedor diálogo humano con la divinidad: «Tú no puedes negarlo que eres la más linda… échanos tu bendición a todos, a toda mi familia y a todos los que ves en el valle».

El Teatro de la Prosperidad en el Juego del Calvario

Al descender la procesión por los faldeos rocosos, las cruces menores que protegen las distintas chacras periféricas y las cumbres de menor altitud se van uniendo al cortejo mediante tres reverentes inclinaciones de sus portadores. Al tercer día, tras haber visitado el cementerio de la localidad para ofrendar velas y conversar con los caciques que descansan entre lápidas desgastadas por el viento, la multitud asciende nuevamente al santuario de la cima donde se despliega «el juego del calvario» o «baratillo».

Allí, sobre una superficie de piedra y arcilla de 900 metros cuadrados, los participantes moldean una réplica exacta de su universo habitable: canales de regadío, corrales, caminos troperos del incario y las parcelas agrícolas del pretérito. Mercedes Vizcarra, rememorando la vivencia íntima de esta feria mística, describe que en el cerro de Aroma se celebra una verdadera mini feria donde se compran «cositas chicas que uno adquiere con billetes falsos». Este papel moneda de juguete, emitido simbólicamente por el Banco de la Santa Cruz de Aroma y previamente bendecido, dinamiza un mercado donde cada comunero se viste, actúa y se caracteriza como el personaje exitoso que le gustaría ser en el futuro.

El ingenio andino y la sátira popular irrumpen con fuerza en medio de la seriedad del voto ritual. Los cocineros de la feria ofrecen platillos de la gastronomía tradicional en miniatura, sirviendo un picante o un caldo de piedra real en porciones de apenas una cucharada de volumen, exigiendo los billetes ficticios como pago legítimo. A su vez, los comerciantes despliegan su astucia ofreciendo dibujos hechos por niños pequeños, haciéndolos pasar en broma por supuestas obras maestras de Picasso o Monet ante la risa colectiva de los compradores. Mientras tanto, los campesinos plantan ramas y patillas en las eras miniaturas, vertiendo agua solemnemente a través de las acequias a escala. Al recorrer este mapa sagrado, se visitan con profunda emoción las parcelas que recuerdan a los campos perdidos de la vieja quebrada de Aroma; los hijos del valle se detienen ante ellas, les ofrecen «convidos» de alcohol y conversan con los ancestros llamándolos formalmente por sus nombres y apodos de cariño. No es un pasatiempo secular; se trata de imágenes prefigurativas que, en su denso contexto ritual, imitan su finalidad futura, plasmando un voto estético y una rogativa de reciprocidad para que la Pacha Mama multiplique la vida, la salud y la abundancia en el año venidero.

Una Pizarra de lo Humano y lo Divino

El paisaje acústico de la festividad otorga una textura única a las tardes de Huasquiña. La memoria viva de Otilia Perea, ya fallecida, quien a sus 91 años de edad recordaba las crónicas de su juventud, evoca el sonido entrañable que marcaba el paso de las procesiones por las calles empedradas: la combinación melodiosa y melancólica de un viejo armónium de la iglesia entrelazado con los acordes de un arpa de madera barnizada de color marrón. Es una música natural que resuena entre las fachadas blancas y amarillentas del pueblo, suspendida entre el fervor serrano y el eco de los antepasados.

Este entrelazamiento entre las labores agrícolas del campesino y sus expresiones mágico-religiosas halla un espejo perfecto en el patrimonio arqueológico monumental que jalona el desierto tarapaqueño. En las serranías del sector Alto Pachica Norte, laderas suaves que miran hacia el sur conservan macrogeoglifos de traza geométrica que superan los 1.000 metros cuadrados cada uno. Estos sutiles e imponentes dibujos en la tierra reproducen rectángulos grillados divididos por ejes verticales y líneas paralelas horizontales que imitan de forma exacta sistemas de cultivos, canales y eras antiguas.

El desierto tarapaqueño se devela de este modo como una inmensa pizarra donde las sociedades precolombinas expresaron sus ideas sobre lo humano y lo divino. La construcción de estas «chacras simbólicas» en áreas completamente secas, llanos desolados o encrucijadas de antiguos senderos troperos, responde a la misma estructura mental y cosmovisión que da vida al baratillo contemporáneo. El arte rupestre no era una mera decoración del paisaje; era una performance, un discurso lítico y visual socialmente legitimado a través del cual los antiguos caravaneros y agricultores grababan sus peticiones a las deidades meteorológicas y a los cerros tutores o mallkus como el Tata Jachura. Al dibujar la tierra labrada sobre la roca o la arena, el cuerpo social pretendía mitigar la incertidumbre del clima y posicionar bajo control humano las fuerzas de la naturaleza de las que dependía su subsistencia biológica.

La Fiesta de la Cruz de Aroma en Huasquiña se yergue en este 2026 como un fragmento vivo de esa historia de larga duración. Un espacio con fragancia de autenticidad donde las comunidades andinas, amparadas jurídicamente por la Ley de Monumentos Nacionales y los tratados internacionales del Convenio 169 de la OIT, continúan actuando su historia, labrando el barro de sus maquetas sagradas y asegurando que, mientras el Padre Sol siga girando sobre las cumbres, la memoria de sus antepasados no tendrá fin.